Dice el refranero popular que a grandes males, grandes remedios. Desde luego, esto es algo que hemos podido ver durante el tiempo que duró el confinamiento a consecuencia de la crisis sanitaria provocada por el coronavirus.

Al final fue la cultura, siempre tan denostada, la que vino a rescatarnos un poco a todos, haciéndonos más llevadero el encierro. Algunas editoriales dispusieron varios de los títulos de su catálogo para su descarga gratuita, diversas instituciones ofrecieron contenido operístico y teatral, como fue el caso del Teatro Real y del Centro de Documentación Teatral del Ministerio de Cultura y Deporte de España, en cuya plataforma Teatroteca ofrecieron millar y medio de representaciones teatrales completas. Museos como el del Prado, el Thyssen o el Reina Sofía también facilitaron el acercamiento a sus catálogos y exposiciones. Videojuegos, películas y cómics… los recursos para el entretenimiento fueron múltiples, lo que generó no pocos debates sobre la incompatibilidad entre el valor y la gratuidad en la cultura.

Muchos grupos y artistas también compartieron a través de YouTube conciertos completos, mientras otros optaron por descartes inéditos. Pero uno de los principales atractivos ha sido el de los conciertos online. Han sido muchos los artistas que han hecho conciertos a través de herramientas digitales como Instagram, Tumblr y YouTube, algunos por iniciativa propia y otros alentados por las marcas. Sin embargo, el fenómeno más llamativo fue el de los festivales, a los que se prestaron a participar un buen número de talentos. Se organizaron de forma rápida, bien coordinada y fueron un éxito.

Sofar Sound Listening Room, Live from Our Living Room, Indieheads Festival, Sofa Festival, United We Stream, Unite Through Music, Defected Virtual Festival y así muchos otros. No es nuestra intención elaborar una relación exhaustiva de iniciativas musicales, sino mostrar que no fueron pocas y que realmente generaban interés. En España también se llevaron a cabo dos:

El primero fue el Yo Me Quedo En Casa Festival. Vía Instagram y promovido por Franchejo Blázquez, fueron más de 40 los artistas que participaron a lo largo del fin de semana del viernes 13 al domingo 15 de marzo, apenas decretado el estado de alarma por parte del Gobierno. La maniobra tuvo su réplica en fines de semana sucesivos, cubriendo el mes de marzo y retomándolo a modo de despedida los días 8, 9 y 10 de mayo.

La segunda de las propuestas fue el Cuarentena Fest. Retransmitido a través de Tumblr y YouTube, entre el 16 y el 27 de marzo. 51 artistas emergentes en total que amenizaron cada tarde durante 12 días.

Frente a la buena acogida de la que gozaron y evidenciando las posibilidades que ofrece internet, nos preguntamos si este tipo de proyectos podrían prosperar y dar lugar a una industria de la música en directo 2.0. Un planteamiento enfocado a crear las mejores experiencias musicales para su consumo a través de la red con una plataforma apropiada y una remuneración justa para los artistas.

No hace mucho que el WiZink Center madrileño anunciaba su reapertura tras las oportunas adaptaciones que demanda la nueva normalidad, a fin de volver a acoger espectáculos garantizando la seguridad del público. Pero el punto clave estaba en la renovación tecnológica en la que han trabajado. A partir de ahora, y para compensar la reducción de aforo, los conciertos contarán con una transmisión simultánea vía streaming. Pero el consumo por parte del espectador no será pasivo al seguir el evento a través de la realización general, sino que podrá elegir según lo desee la cámara que le brinde la visión deseada. E incluso plantean jugar con todas las posibilidades que les ofrece el escenario y la puesta en escena de los artistas para hacer que la experiencia no desmerezca en absoluto.

Está claro que la experiencia presencial de un concierto es única e insustituible, y ahí radica su esencia, su magia. Pero de esta forma, quién decida disfrutar de un concierto desde la comodidad de su salón o no pueda asistir por el motivo que sea, no se privará de asistir a un show y degustarlo, sino en vivo, sí en directo. Del mismo modo que acontece con los eventos deportivos. Si funciona con estos, ¿por qué no con la música?.

Tal vez la experiencia no sea peor, solo diferente, ya que gran parte de su valor radicará en el producto audiovisual final, por otra parte distinto para cada espectador, al elegir la perspectiva desde la que seguirlo. Cada actuación podría llegar a un público mucho más amplio, en su realización intervendría un equipo técnico profesional, de manera que la propuesta contribuiría a la generación de puestos de trabajo; y sería una forma viable para grupos que, como Coldplay, rechazan hacer grandes giras mundiales en aras de reducir el impacto medioambiental que estas suponen.

La obligada presencia en un espacio físico específico a la hora de disfrutar de conciertos y festivales en directo es el último resquicio de una industria musical plenamente digitalizada. Tal vez la gran revolución que anunciaba el sector del directo no sea la de los hologramas, sino algo mucho más sencillo y actual, como utilizar los medios que tenemos a nuestro alcance para, una vez democratizado el acceso a la música a través de las plataformas de streaming, hacer lo propio con las presentaciones en vivo. Un paso que cada día se antoja más natural.